La “crisis” del empleo en Estados Unidos

Dice el refrán que Dios le da pan al que no tiene dientes: mientras en Colombia se mantiene una lucha por reducir la tasa de desempleo y millones de personas tienen serios problemas en encontrar una vacante digna, en Estados Unidos el problema es de otra índole, para muchos insólita.

Según los reportes más recientes del Departamento de Estadísticas Laborales de ese país, hay alrededor de 10 millones de oportunidades de empleo que coexisten con 8,4 millones de personas buscando empleo. Es decir que, al menos en el papel, todas y cada una de las personas desempleadas podrían acceder a un trabajo y quedarían sobrando vacantes. Sin embargo, parece haber una renuencia a tomar los cargos disponibles. ¿A qué se debe este fenómeno?

Obviamente las cosas no son tan simples como parecen, ya que la movilidad laboral entre ciudades y estados no es automática, por más avances que se hayan hecho en el teletrabajo. A pesar de ello, el descalce es evidente y no deja de ser curioso lo que parece ser una rebelión laboral en contra del status quo prepandemia.

Los empresarios que se quejan constantemente de la falta de personal, usualmente más evidente en plazas que requieren labores manuales o que exigen una calificación baja o media, tienden a culpar a las jugosas compensaciones de desempleo que el gobierno desplegó durante la pandemia.

Además de los cheques de estímulo que fueron distribuidos sin mayores condiciones, los montos otorgados como subsidio de desempleo sufrieron un ascenso importante. Combinando las transferencias federales con las estatales, en algunos casos personas empezaron a recibir religiosamente hasta más de US$600 semanales por estar desempleadas, llegando incluso hasta los US$823 en el caso de Massachusetts.

Tales sumas ponen en vergüenza el salario mínimo promedio del país que ronda los US$480 semanales por 40 horas de trabajo, o los US$423 que en promedio se recibía en el país como seguro de desempleo antes de la pandemia. A todas luces, no existe ningún incentivo en buscar con ahínco un trabajo, si se sabe que el pago por “no hacer nada” es mucho más lucrativo.

Sin embargo, buena parte del cuerpo normativo que autorizaba estos giros extraordinarios terminó su vigencia el pasado 6 de septiembre, por lo que varios analistas sugieren que una vez se actualicen los datos que incluyan esta expiración, se pueda notar un punto de inflexión. Pero no todo parece ser tan sencillo: al menos 20 estados, reconociendo la influencia negativa de estos paquetes de ayuda en el mercado laboral, empezaron a desmontar las medidas desde junio, sin que se haya visto una reacción significativamente favorable en la contratación.

Esto no solo sugiere un período de transición que puede durar varios meses, sino una reestructuración del mercado laboral, incluyendo la relación entre empleador y empleado. El “estilo de vida COVID” ha llegado para quedarse y los empleados no están dispuestos a sacrificarlo tan fácilmente.

Al inicio de la recuperación económica, y cuando los beneficios seguían en pleno efecto, puestos que por décadas soportaron a los jóvenes mayores de 25 años como ayudantes de cocina, meseros o encargados de la limpieza, fueron ocupados por adolescentes y migrantes que no pueden aplicar a las ayudas estatales y que ciertamente se sintieron atraídos por los buenos salarios ofrecidos para competir.

Entretanto, los desempleados sintieron quizá por primera vez lo que se significaba doblar sus ingresos teniendo más tiempo para sus familias o proyectos personales. Más de un año después de convivir con este estilo de vida, están decididos a trabajar en lo que realmente quieren, sin tener que “aguantar” las condiciones impuestas por sus patrones, solo por la necesidad de subsistir.

Esta mentalidad es contagiosa: las tasas de renuncias están en niveles récord y cerca de 3,6 millones de personas se jubilaron durante la pandemia, 2 millones más que lo esperado para el periodo, lo que supone la inercia que ha tomado la decisión de retirarse temprano.

Esta reasignación masiva de trabajadores está obligando a cambiar los paradigmas. Por un lado, los departamentos de recursos humanos han reportado como reciben hojas de vida con perfiles inesperados, ya sea por la falta de experiencia en el sector o por su inusitado interés por aprender nuevas habilidades; por otro, los tienen rascándose la cabeza para ofrecer un entorno laboral lo suficientemente atractivo para cautivar de nuevo a los “rebeldes” o mantener el personal que encuentren.

Con esto en T&S queremos cerrar una serie inicial de tres artículos que describen los profundos cambios que la contratación y retención de personal está sufriendo como consecuencia no solo de la pandemia, sino del recambio generacional y la transformación tecnológica. Por lo tanto, queremos reafirmar el compromiso que tenemos con nuestros clientes para aportar valor durante estos vientos de cambio.



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